ARIOS y NAWAS,
antiguos vínculos lingüísticos FRANK DÍAZ Título: Arios y Nahuas
PRESENTACIÓN La lengua es una de las herramientas más útiles para conocer nuestro pasado. Las primeras inquietudes sobre la forma en que hablamos aparecen en la Biblia, donde se recurre a la metáfora de la torre de Babel para explicar la diversidad de los idiomas que existen en la tierra. El Popol Vuh, libro sagrado de los antiguos mayas, declara que en un remoto pasado los lenguajes “estaban unidos”, y poco a poco se diversificaron. Los griegos y romanos tenían una vaga noción sobre la corrupción del habla humana a partir de una matriz “perfecta”; idea que se perfiló entre los teólogos de la Edad Media, quienes veían en el hebreo la lengua original. Los sabios de la India y los rabinos cabalistas de la Edad Media llevaron su curiosidad hasta el punto de intentar diversos análisis etimológicos. Pero la Lingüística como ciencia comenzó a finales del siglo dieciocho, cuando el erudito William Jones descubrió una inesperada afinidad entre el sánscrito y algunos idiomas europeos, y dedujo que todos provenían de un lenguaje anterior desaparecido, que fue llamado “indo-europeo”. En las osamentas de hombres extinguidos hace dos millones de años se han encontrado las evidencias más antiguas del habla, ya que se pudo determinar que poseían cuerdas vocales bien desarrolladas. Pero en el grado actual de nuestros conocimientos, no es posible reconstruir los sonidos de aquellos antepasados. En el mundo actual existen alrededor de cuatro mil idiomas; el número de los extinguidos es incalculable. Entre ellos no hay fronteras verdaderas, todas las distinciones son convencionales. Tanto el keshwa como el griego, el zulú como el chino, el viejo teonawatl como el moderno creole, todos parten de un impulso común y son equivalentes en su capacidad de comunicar. Estudiando la diversidad de las lenguas actuales, se ha podido determinar que el impulso que les dio origen ocurrió hace alrededor de veinte mil años. Por entonces todos los grupos lingüísticos que conocemos estaban unidos; es probable que existiesen otros grupos hoy desaparecidos. Milenios más tarde, la lengua madre se escindió en los grandes grupos indoeuropeo, semita, chino-tibetano, oceánico, uraltaico, camita, africano e indoamericano, y otros más pequeños. Al comienzo de la etapa histórica, el tronco indoeuropeo se subdividió, dando origen al persa, el sánscrito, el latín, el griego, el germánico, el grupo balto-eslávico, etc. Los idiomas derivados del latín, como el español, el francés y el rumano, son bastante recientes: alrededor de mil años de antigüedad. Lo mismo puede decirse de las lenguas germánicas, como el inglés, el holandés y el alemán. Los idiomas de América forman un grupo especial porque, a pesar de su aparente diversidad, tienen un grado de parentesco más estrecho que el que une a los grupos del Viejo Mundo. Su evolución sigue leyes universales, derivando unos sonidos en otros dentro de plazos y fórmulas definidas. Es por ello que podemos reconstruir los estadios tempranos de ciertas lenguas de América, aunque no contemos con textos escritos. Los hombres que por primera vez atravesaron el océano Pacífico no traían una sola lengua, sino un conjunto de ellas. Por lo tanto, no podemos investigar las relaciones de parentesco entre Asia y América a partir de lenguas aisladas, sino mediante la correlación de los grandes grupos. El presente análisis pretende demostrar que el mayor grado de afinidad ocurre entre los grupos uto-azteca, al que llamaré nawa, e indoeuropeo, al que llamaré ario. Las siguientes páginas son mi aporte al estudio del nawatl, habla oficial de los antiguos estados del centro y norte de México. El nawatl es cuatro o cinco siglos anterior al español; procede de un lenguaje que los mexicas llamaron wewenawatl, habla de los antiguos, y teonawatl, habla divina, contemporáneo del sánscrito y empleado en los tiempos clásicos de Mesoamérica. Este, a su vez, derivó del protonawatl, hablado en una época cercana al momento en que fue poblada América. En la actualidad, el teonawatl se ha podido reconstruir parcialmente por comparación de los diversos dialectos que sobreviven. Saber cómo hablaban nuestros antepasados no es ocioso, pues el habla constituye el principal factor de cultura e identidad. Tengo fe en que el progresivo renacer de la consciencia en la América indígena llame la atención sobre el tesoro de saber encerrado en sus lenguas, particularmente aquellas que fueron vehículos de grandes culturas. Frank Díaz INTRODUCCIÓN El evolucionismo actual sostiene que el hombre surgió en África hace cuatro o cinco millones de años, y llegó a América muy posteriormente, ya del todo evolucionado en su aspecto físico. Los primeros americanos formaban parte del gran tronco racial proto-mongoloide, del cual se desgajaron paulatinamente, hace entre veinte y diez mil años. Después de esta separación, el grupo que permaneció en Asia se especializó, adquiriendo los caracteres biológicos que hoy asociamos con los chinos. En cambio, los indoamericanos mantuvieron rasgos de un relativo arcaísmo, razón por la cual ha sido llamados “mongoloides atípicos”. El enigma del hombre americano impone dos preguntas: ¿cómo se pobló este continente y cómo alcanzaron sus moradores la alta cultura? La primera suele responderse mediante la hipótesis de los “puentes de tierra”. En la historia de nuestra especie ha habido fenómenos geológicos que dejaron al descubierto porciones de tierra hoy sumergidas. Son las glaciaciones, temporadas de frío durante las cuales enormes volúmenes de agua del mar se retrajeron en gruesos casquetes alpinos, haciendo descender el nivel del océano mundial hasta ciento veinte metros por debajo de lo actual. Basta mirar un mapa-relieve de la tierra para comprender que, en tales circunstancias, América y Asia formaban un sólo bloque terrestre, unido por el Estrecho de Bering. La hipótesis del poblamiento de América a través de Bering es la más aceptada por los investigadores. Se complementa con otra, según la cual algunos pueblos primitivos pudieron efectuar travesías oceánicas, aportando bancos genéticos no mongoloides. No es improbable una antigua transmisión de lenguas y vocablos a través del Pacífico. Como apunta el investigador Paul Rivet, este océano, al contrario del Atlántico, ha sido siempre un espacio abierto a la navegación, favorecido por un rosario de islas tropicales y por dos corrientes paralelas de ida y vuelta, y circuido por los alargamientos de Alaska y Siberia. Se opone a esta tesis la creencia de que los hombres del Paleolítico eran incapaces de navegar. Sin embargo, recientes descubrimientos de antiguos restos humanos en islas ubicadas en medio del océano han probado que, desde el primer momento, la humanidad encontró formas de cruzarlo. Los mitos sugieren que aquellos hombres poseían conocimientos sorprendentemente amplios sobre la geografía, astronomía, cronología y navegación. Ambas tesis, la del paso por Bering y la del cruce oceánico, explican el poblamiento de Occidente, pero no el surgimiento de la civilización aborigen. Para resolver este último se han propuesto diversas hipótesis. Algunos estudiosos opinan que, a partir del desgajamiento siberiano, el grupo que penetró en América se desarrolló en forma independiente de cualquier influencia externa. Esta tesis, llamada “autoctonismo”, sostiene que el parecido entre las culturas de Oriente y Occidente se debe a la convergencia, no a intercambios recíprocos. El Autoctonismo razona que resultaría muy poco probable que “sólo un pueblo, en una determinada época, haya podido inventar o descubrir, y que otros grupos humanos se hayan limitado a copiar servilmente lo que el genio creador del primero les proporciona.” Enfatiza la ausencia de ciertos rasgos culturales; por ejemplo, los indoamericanos prácticamente desconocieron el hierro o la rueda, mientras que los eurasiáticos tuvieron que esperar hasta los viajes de Colón para importar logros genéticos como la papa o el maíz. En cambio, otros investigadores, apoyados en un impresionante conjunto de rasgos culturales comunes, sostienen la tesis “difusionista”, según la cual “las culturas recolectoras–cazadoras americanas deben su paso a la civilización al influjo directo ejercido por poblaciones migratorias culturalmente más avanzadas, procedentes del Viejo Mundo.” Observan que las diferencias son más aparentes que reales. En Eurasia aparecen esporádicamente plantas típicas de América, como el tabaco en Indochina, el cacahuete en Mongolia, las piñas en Grecia, el maíz en la India y ungüentos con nicotina y cocaína en Egipto. Y alguna vez, los indoamericanos labraron objetos de hierro y emplearon la rueda, lo cual demuestra que conocían estos adelantos, y si no los emplearon masivamente, fue porque tenían buenos substitutos. A medio camino entre ambas posiciones se encuentra una tercera; podría llamársele “tesis del difusionismo moderado”, pues insiste en la necesidad de “olvidar los ismos, alejarse de posturas teóricas generalizadas, ya que no coinciden con los hechos de observación, y comenzar con investigaciones en términos concretos”. A pesar de su apariencia desprejuiciada, todo lo que procura esta tercera posición es demostrar si determinado rasgo o complejo cultural “se trata de una creación y desarrollo independiente en el Nuevo Mundo, o si, por el contrario, existe la posibilidad y aun la probabilidad de considerarlo procedente del Viejo Mundo gracias al proceso de difusión.” Las tres escuelas coinciden en negar la trascendencia cultural de los indoamericanos en el resto del mundo. A mi juicio, tanto la tesis autoctonista como la difusionista moderada tienen parte de la razón. Algunas soluciones a los mismos problemas humanos pudieron surgir en forma paralela, mientras que otras serían resultado de la dispersión de ideas por vías oceánicas o terrestres. Pero - y esto es lo importante – las evidencias sugieren que el proceso de difusión ocurrió en ambos sentidos a través del Pacífico, y quizás también por el Atlántico. Un inventario rápido de las invenciones del hombre incluye impresionantes logros que se dieron en América antes que en cualquier otra parte, y fueron adoptados o reinventados en Asia siglos más tarde. Entre ellos podemos citar la metalurgia del platino, la domesticación de animales de tiro , la cúpula verdadera, el cultivo en terrazas, las pirámides escalonadas del tipo maya-khmer, la notación matemática por posiciones y el uso del cero y un calendario basado en la correspondencia de dos ruedas de símbolos. La posibilidad de un difusionismo interactivo o de múltiple sentido no sólo se basa en la transmisión directa de influencias, sino también en otros tipos de relación, como son: a) Difusionismo simpático (de impulsos más que de elementos específicos). Suele ocurrir a través de un tercer pueblo. A este tipo pertenecen los adelantos matemáticos de los hindúes y las ruedas astrológicas de los chinos, cuyas características son típicamente asiáticas, pero, al mismo tiempo, eco de sus predecesores en Mesoamérica. b) Fenómenos de retro-alimentación o desarrollo de fórmulas que fueron “incubadas” durante algún tiempo por una cultura foránea, que no llegó a perfeccionar sus posibilidades. Ejemplo: el calendario mesoamericano, originado en la forma de contar del paleolítico superior en Eurasia, pero confirmado en la latitud americana de los 14.5 grados. c) Difusionismo trans-temporal, resultado de la propensión humana a identificarse con símbolos materiales de perennidad, como pirámides, megalitos, geoglifos, esculturas o edificios gigantes, etc. La influencia de estas obras se ejerce con gran fuerza sugestiva a lo largo de milenios, determinando respuestas ideosincráticas que pueden considerarse signos de un lenguaje transtemporal. Ejemplo: la costumbre actual de construir casas o sepulcros según el modelo de las pirámides egipcias. d) Difusionismo iniciático: aquel cuyos elementos son deliberadamente dispuestos de tal modo, que sólo sean comprendidos por grupos de “iniciados” en su clave o capacitados técnicamente para descifrarlos, no importa la época en que vivan. Pertenecen a este tipo los códigos geodésicos aparentemente contenidos dentro de la gran Pirámide de Keops, los adelantos astronómicos del calendario mesoamericano, las esculturas magnéticas de los olmecas, algunos geoglifos peruanos que sólo pueden ser vistos desde el cielo y la difusión de mensajes cósmicos a través de radiotelescopios. Un aspecto poco estudiado del difusionismo ocurrió entre los bloques mesoamericano y andino. En este caso, el intercambio parece haber incluido elementos calendáricos y jeroglíficos, costumbres, comercio y técnicas de arquitectura, cerámica, textiles y metalurgia. La comunicación de los indoamericanos, basada en las rutas naúticas del Pacífico y de la cuenca Amazonas-Caribe, incrementó las posibilidades de que cualquier contacto accidental o intencionado con los eurasiáticos redundase en la difusión de ideas y solucione Teniendo en cuenta el nivel de la navegación mundial hacia el clásico Mesoamericano (siglos II al IX después de Cristo), es posible que las misiones procedentes del Viejo Mundo fuesen más frecuentes de lo que suponemos. Por ejemplo, el siguiente vaso maya retrata a un grupo de embajadores (tipificados por sus banderas) con claros rasgos negroides. En la parte superior aparecen peces unidos a rectángulos con el signo de “tierra”. Además, en la costa de Palos Verdes, California, se recogieron cerca de cuarenta anclas chinas de comienzos de la era cristiana, lo que habla de viajes regulares, probablemente con fines de pesca. Esto se complementa con la ocasional aparición de monedas chinas en enterramientos americanos de la costa del Pacífico. Un elemento llamativo es que la cercanía entre los grupos lingüísticos de Eurasia y América es más estrecha de cuanto permiten suponr las tesis lexico-estadísticas. Las hipótesis poblacionales afirman que ambos bloques se aislaron hace entre diez y doce mil años; pero un 20 a 25 por ciento de raíces comunes sugiere intercambio masivo de vocabularios hasta el segundo milenio antes de Cristo. El vínculo se estrecha cuando comparamos las lenguas más cultas de ambos continentes, específicamente los stocks mítico y filosófico, lo cual sugiere contactos de elite que continuaron quizás hasta comienzos de la era cristiana. Se perciben dos niveles de aproximación: uno, correspondiente al habla de una sociedad en fase de sedentarización incipiente; el otro, vinculado al auge del pensamiento de las culturas védica y mesoamericana, por un lado, y sino-japonesas y peruanas, por el otro; dándose, como es natural, todo tipo de intercambios y retroalimentaciones. El primer nivel, que podríamos ubicar hacia el momento del hundimiento del puente de Bering, va de Asia a América, donde pierde o adapta parte de su contenido por las diferencias de flora y fauna. Por ejemplo, una de las dos raíces que en las lenguas arias dan nombre a las ovejas (MASH), en América, debido a la ausencia de este animal, se adaptó para nombrar a los ciervos, mientras que la otra (SKO) se aplicó al algodón o la lana de otros animales. El segundo nivel, de tiempos más recientes, parte de América, donde sus raíces se involucran armónicamente en el tejido social, y surge en el Viejo Mundo como una intrusión. Mencionemos un grupo de vocablos míticos griegos y semitas de factura aparentemente nawatl, como Atlántico, Atleta, Theos, Tlao, Tlei, Talla, etc. Al analizar las relaciones lingüísticas a través de métodos estadísticos, hay que tener cuidado de no confundir la cercanía histórica con el fenómeno de retardamiento artificial de la lengua. El habla humana se divide en dos bloques de términos; uno corresponde al lenguaje llano y sigue pautas evolutivas naturales; el otro, usado como distintivo por ciertas minorías, es retardado artificialmente a causa de su carácter cerrado y conservador, por lo que puede desafiar durante milenios las leyes glosocronológicas. Tal retardamiento deriva de la aplicación de conceptos como "lengua sagrada", "mantra", "cábala", etcétera; es particularmente acusado en las lenguas más cultas de Asia y América, y no ha sido sistemáticamente estudiado. En nawatl, el lenguaje retardado tenía dos nombres propios: Nawallatolli, palabras rebuscadas, y Nawalitoa, habla de doble sentido. Afirman los cronistas de Indias que los chamanes y curanderos del siglo XVI continuaban empleándolo, aunque la generalidad de la gente ya no lo comprendía. Desde el primer momento de la gesta exploradora europea se hizo patente que la solución del enigma de las civilizaciones americanas pasaba por cauces lingüísticos. Una de las primeras medidas del Almirante Colón fue procurarse expertos en lenguas orientales que le acompañasen en sus viajes. La idea era correcta en principio: los pueblos descubiertos sólo podían ser una prolongación de los asiáticos. Pero poco pudieron hacer los intérpretes de Colón al llegar a las Antillas: las divergencias de entendimiento entre las dos grandes ramas del tronco mongoloide eran mayores que todo cuanto podían imaginar. En ocasiones, la ciencia moderna ha creído encontrar la clave que faltó a Colón: una lengua-puente entre las americanas y las asiáticas. Pero estos esfuerzos generalmente presuponen una deriva de muchos milenios, lo cual impulsa a restringir la búsqueda en grupos de términos relativos a las condiciones primitivas de vida. Otro defecto de estas investigaciones es que abordan el asunto desde posiciones estrictamente glosológicas, descartando otras formas de lenguaje susceptibles de comparación. La mayor parte de las obras que se han dedicado a este asunto suponen que, perteneciendo
los indoamericanos a una variedad racial mongoloide, forzosamente sus habla debe reflejar tal
filiación. En consecuencia, han buscado la lengua-puente principalmente en los dialecto Existe un grupo de obras no profesionales que compara lenguas específicas; por ejemplo, nawatl y sánscrito, maya y egipcio, keshwa y turco, etcétera. El peligro en este caso es que se apoyan sobre la similitud de sonido y significado, sin tomar en cuenta la evolución de la raíz a través de su familia de lenguas. Con frecuencia atribuyen significado a lo accidental, desconociendo en cambio parentescos que sólo pueden establecerse por análisis histórico. El presente estudio se concentra en los grupos ario y nawa, basado en la abundancia de raíces
comunes y en la semejanza formal del pensamiento filosófico. Con frecuencia extiendo la
comparación a familias de lenguas independientes, como la semítica, la sínica, la polinesia, las
del grupo na-dene y las esquimo-aleutianas, o incluso idiomas aislados como el vasco o el
japonés. Mi intención es dar una idea de cómo ciertos sonidos, o son intrusiones muy
tempranas y generalizadas, o pertenecen a una macro-familia anterior a la diferenciación de
los grandes grupos lingüísticos. |