KINAM, EL PODER DEL EQUILIBRIO
Antiguas prácticas toltecas

Frank Díaz

Título: Kinam, el poder del equilibrio
© 2002, por Frank Díaz nawiakatl@gmail.com
© Editora Alba
Primera edición, 2005

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Agradecimiento

QUIERO agradecer a mi profesor de Yoga, Eduardo Pimentel Vázquez, quien me dio mis primeras lecciones de disciplina física y mental, a Carlos Castaneda, por ayudarme a vislumbrar la dimensión mágica del pensamiento tolteca, a Víctor Sánchez, quien reparó en el concepto de "Kinam” y lo propagó por primera vez en nuestra edad moderna, así como a Julio Diana, Sergio Gómez, Armando Cruz, y a todos los amigos que con sus críticas y aportaciones me han estimulado a llevar adelante esta investigación.
Frank Díaz

Índice

Nota ortográfica
Presentación Kinam y Toltequidad
Capítulo 1 Toltekayotl, cultura
Capítulo 2 La evolución del ser humano
Capítulo 3 Nawatilli, principios
Capitulo 4 Teochiwa, devoción
Capítulo 5 Chipawa, purificación
Capítulo 6 La ciencia del aliento
Capítulo 7 Higiene y terapias toltecas
Capítulo 8 Teomania, meditación
Capítulo 9 Nawallotl, nagualismo
Capítulo 10 Yekoa, ejercicios físicos
Capítulo 11 Los ejercicios sociales
Capítulo 12 La práctica actual del Kinam
Anexo Las palabras de la Serpiente Emplumada
Bibliografía

Presentación
Kinam y Toltequidad

EN el antiguo México florecieron culturas muy avanzadas, que supieron vivir en armonía con la Naturaleza, crearon un arte y una ciencia impresionantes y desarrollaron los poderes latentes del ser humano. La suma de todos esos conocimientos fue llamada por sus creadores Toltekayotl, toltequidad.

Con frecuencia, el término “tolteca” se ha empleado para designar exclusivamente a los moradores de la ciudad de Tula, en el estado de Hidalgo (cuyo nombre prehispánico era Xicocotitla, avispero). Sin embargo, ese título es propiedad de todos mesoamericanos, independientemente de la lengua que hablaran o del lugar en que habitaran. Así lo vemos en el Popol Vuh, libro sagrado de los maya-quichés, donde el Ser supremo es reverenciado con la siguiente invocación: “¡Da a conocer tu naturaleza, tú, dos veces madre, dos veces padre, Maestro Tolteca, que así serás llamado por tus criaturas!” (Popol Vuh I.2)

Por su parte, el libro de los maya-xahil explica que la verdadera Tula no es una ciudad física, sino una dimensión espiritual que abarca los cuatro rumbos del Universo: “Hacia los cuatro rumbos está Tula. Hay una Tula en el oriente y otra en el Inframundo, hay una donde se pone el Sol y otra en el trono de Dios.” (Anales de los Cacchiqueles 4) Apropiadamente, uno de los primeros estudiosos de la lengua nawatl, el padre Alonso de Molina, tradujo el término Toltekayotl como “arte para vivir” (Vocabulario nahuatl-castellano). En el presente libro lo aplicaremos al
legado de los abuelos indoamericanos como un todo.

Los toltecas históricos aparecieron hace unos 5000 años. En Perú se les conoce como cultura de Chavín, y en México reciben el nombre de Olmecas. Sus ideas y experiencias sobre el Universo, la vida, la evolución de la conciencia y el destino del hombre fueron desarrolladas más tarde por las grandes civilizaciones de Tiahuanaco, Teotihuacan, Tenochtitlan y el Cuzco.

El centro de la cosmovisión tolteca era Ketsalkoatl, serpiente emplumada, la entidad suprema del Universo, conocida en el Perú como Wirakocha, simiente del océano, y entre las naciones Norteamérica como Manittu, gran espíritu. Este símbolo sagrado representa la trascendencia de las limitaciones materiales (comparadas con una serpiente) y la liberación del espíritu (el quetzal). Ketsalkoatl es, pues, la conciencia cósmica encarnada cíclicamente en nuestro mundo, para llevar a cabo una misión civilizadora entre los seres humanos.

“Para los antiguos mexicanos, todos los hombres y mujeres somos la Serpiente Emplumada: una mezcla tremenda de posibilidades. La Toltequidad es el modo de conducir esas posibilidades por su senda natural, para que se vinculen armónicamente hacia el logro de un ideal supremo.” (Frank Díaz, Los Mensajeros de la Serpiente Emplumada)

LA PRÁCTICA TOLTECA

Un aspecto fundamental de la Toltequidad, que la distingue de otras propuestas culturales y espirituales de la Tierra, es su carácter práctico y la búsqueda de soluciones viables para los problemas humanos. Al respecto, comentan dos conocidos investigadores: “Es conveniente notar que, tanto para los toltecas de la antigüedad como para los sobrevivientes de hoy en día, la religión no era un conjunto de pautas de conducta predeterminadas, dogmas, o la proyección de la importancia personal, sino una serie de prácticas que tenían como objetivo mantener al hombre en contacto con el Espíritu.” (Víctor Sánchez, Toltecas del Nuevo Milenio)

“En lugar de plantear el problema de la existencia a partir, sea de lo físico, de lo social o de lo divino, Quetzalcoatl establece como realidad primera de la situación humana la fuerza potencial de integración que le es exclusiva. De ahí que su mensaje aparezca más como una guía de acción que como una teoría filosófica.” (Laurette Séjourné, Pensamiento y Religión en el México Antiguo)

Sin embargo, aunque este afán por los resultados debió generar entre los prehispánicos un gran interés por los ejercicios, las escuelas y los sistemas de entrenamiento, es muy poco lo que se ha investigado al respecto. Con razón, una autora se queja: “A pesar de que he encontrado numerosas posturas de Yoga en esculturas de origen prehispánico, durante mi investigación en los archivos del Instituto de Antropología no encontré ninguna referencia al respecto. Las figuras son descritas como danzantes, contorsionistas y chamanes, y sus prácticas, que un estudiante identificaría claramente como prácticas de Yoga, son generalmente mencionadas en los textos como ‘procedimientos médicos’.” (Herta Rogg, Yoga and prehispanic culture of Mesoamerica, Yoga Rahasya no. 1, 2003)

Esta situación de desconocimiento se debe a que el fanatismo de los invasores europeos suprimió brutalmente los valores de la civilización indígena, destruyendo la mayor parte de sus documentos. Como resultado de ello, se generaron prejuicios que pesan aun sobre la mentalidad de los investigadores. Por fortuna, una parte de aquel saber quedó guardada en la memoria popular, así como en ciertos códices y manuscritos que hoy están saliendo a la luz.

En tiempos recientes ha habido varios intentos por recuperar la práctica tolteca, aunque todavía sin una interpretación exhaustiva de las fuentes. Mencionemos, por ejemplo, a Samuel Martí, descubridor del lenguaje manual de los mesoamericanos; a Carlos Castaneda, quien trató de resucitar los ejercicios prehispánicos bajo el nombre de Tensegridad; a Víctor Sánchez, investigador de las técnicas sagradas de los huicholes; a Marisela Ugalde, quien adaptó la lucha popular mixteca bajo el nombre de Xilam; a don Antonio de Catemaco y otros difusores de los ejercicios vernáculos llamados Repliegue y Desbloqueo... Merece un reconocimiento especial el trabajo que, tanto en México como en la zona andina, Norteamérica y la cuenca amazónica, han venido realizando diversos grupos de defensores de la tradición, más conocidos como danzantes. Gracias a ellos, se mantiene viva la antorcha del saber.

UN DESCUBRIMIENTO SIGNIFICATIVO

El rescate de las tradiciones mexicanas de entrenamiento psicofísico constituye un acto de justicia histórica, un aporte sustancia a nuestra cultura y una forma de apoyar la evolución del ser humano. Pero tiene otra cualidad. Esta se hizo patente en agosto del 2002, cuando un equipo de investigadores liderado por el arqueólogo japonés Saburo Sugiyama descubrió un enterramiento múltiple de hace 17 siglos en la Pirámide de la Luna, Teotihuacan. Uno de los aspectos más notables del hallazgo, fue comprobar que los tres personajes fueron enterrados con las piernas cruzadas en la posición de “flor de loto” y las manos suavemente depositadas sobre el regazo. (La postura del loto consiste en que ambos pies se colocan por encima de los muslos. Se ha hecho internacionalmente famosa gracias al Yoga, donde se le conoce como Padmasana. En Mesoamérica también era practicada con fines rituales y llevaba el nombre de Shomalina.)

Al margen de la incógnita generada sobre la identidad de esos personajes, está el hecho de que en la cultura tolteca existió un código de posturas físicas de gran contenido simbólico y espiritual. Este código no pasó desapercibido para el doctor Saburo, debido quizás a su procedencia oriental. Sin embargo, ¿qué habría ocurrido si el descubrimiento hubiese sido efectuado por otra persona?

Se impone una pregunta: ¿cuánta información hemos dejado de obtener sobre nuestro pasado, por desconocer que los antiguos mexicanos prestaban una enorme atención a aspectos de la conducta humana (posturas, gestos, formas de concentración, vocalizaciones, etcétera) que para nosotros no significan nada? Para rectificar este déficit informativo, tenemos que volver a las fuentes documentales y estudiar con nueva óptica lo que hasta ahora ha sido descrito con el vago nombre de “procedimientos rituales”.

LOS KINAME TOLTECAS

Las fuentes constituyen un problema grave para los investigadores porque, a pesar de que se conserva una gran cantidad de información sobre el México antiguo, esta es difícil de interpretar y sus claves permanecen cifradas. Tal situación hace que con frecuencia se generen errores de
interpretación. Veamos un ejemplo. Un manuscrito azteca afirma: “Ipam inin quinametin nemia – por entonces vivían en esta tierra los Kiname.” (Anales de Cuauhtitlan p. 13)

En los libros de historia, la palabra Kiname suele traducirse como “gigante”. Sin embargo, al analizar su significado, encontramos algo muy diferente. En lengua nawatl, la raíz Kin significa poder. Forma los términos Kinatia, aplicar una fuerza para conseguir el equilibrio, y Kinamiktli, encuadrado, armonizado. La forma abreviada Kinam daba nombre a los kiname toltecas, no porque tuvieran una alta estatura física, como se ha supuesto, sino porque eran unos verdaderos gigantes en sentido espiritual.

Es interesante comprobar que el mismo sonido Kin aparece en otras lenguas del mundo con un sentido análogo al nawatl. En sumerio da nombre al sol; en japonés, a la luz, el brillo y el oro; en griego, al movimiento y la vitalidad; en quechua, al movimiento y el calor; mientras que, en maya, Kin es el sol, y Kinam, la fuerza vital y la virtud.

La etimología anterior nos explica por qué el manuscrito que acabo de citar afirma con respecto a los kiname toltecas: “Huetlapalolizcatca matimohuetziti ipampa – y su saludo era ‘que no te caigas sobre la tierra’” – en otras palabras, “que conserves tu equilibrio”. A la luz de esta interpretación, resulta clara la hermosa definición que hace de ellos un libro maya: “Sólo al dios verdadero adoraban en la lengua de la sabiduría. No eran dioses, eran gigantes.” (Chilam Balam de Chumayel, Libro de los Linajes)

Como un homenaje a aquellos antiguos practicantes, hemos elegido la voz Kinam para dar nombre a un conjunto de técnicas y ejercicios que se conservaron en la fuentes prehispánicas y coloniales. Tales documentos dan fe de que en la antigüedad de México existió una disciplina psicofísica y espiritual equivalente por su profundidad al Yoga de la India, la Gimnosofía griega y las artes marciales de China y Japón. Podemos definir al Kinam como un arte tolteca para la harmonización del cuerpo y el espíritu.

¿UN ORIGEN ASIÁTICO?

Al adentrarse en el estudio de esta disciplina, el lector encontrará que tiene puntos de contacto con sus homólogas del Oriente. “Es fascinante descubrir en las culturas (de México) descripciones de técnicas de purificación, control del aliento y meditación, guías éticas, votos de renuncia y vigilia, danzas, así como posturas estáticas y dinámicas, tal como son conocidas por los estudiantes de Yoga.” (Herta Rogg, Yoga and prehispanic culture of Mesoamerica, Yoga Rahasya no. 1, 2003)

Estas semejanzas no deben sorprendernos, si tenemos en cuenta las siguientes razones:
Primero: el cuerpo, la psiquis y el lado energético del ser humano son básicamente iguales en todas las razas y culturas del mundo. Por lo tanto, es natural que las técnicas para nuestro desarrollo sean sensiblemente parecidas en todas partes.
Segundo: se ha comprobado que los aborígenes de América están racial y culturalmente emparentados con los moradores del Extremo Oriente. Este parentesco se extiende a sus concepciones religiosas y filosóficas.
Tercero: no podemos descartar la posibilidad de que en tiempos antiguos haya habido contactos culturales a través del Océano Pacífico, en los cuales se intercambiaron técnicas, creencias, estilos artísticos y conocimientos, incluyendo las prácticas psicofísicas toltecas.

Esta eventualidad nos introduce en una interesante cuestión, que fue planteada por el investigador Samuel Martí: “La similitud... de ciertas posiciones o ademanes de las manos de las deidades y danzantes mayas con sus colegas de la India... nos precipita dentro de uno de los grandes problemas de la antropología americana: las posibles relaciones prehistóricas entre América y Asia.” (Samuel Martí, Mudra, manos simbólicas en Asia y América)

Sin embargo, debemos tener cuidado de no sacar conclusiones apresuradas a partir de tales semejanzas. A causa de la propaganda que han recibido entre nosotros las ideas orientales, solemos considerar al Yoga como una disciplina netamente hindú; pero, como afirma un autor, “Creer que el Yoga es exclusivo de la India es tan falaz como creer que la filosofía es propiedad de Grecia.” (Serge de la Ferrière, Yug Yoga Yoguismo)

La palabra Yoga significa unificar, y equivale al término latino Religare, religión. Las técnicas para unificar el cuerpo y el espíritu son universales. Fueron desarrolladas por los orientales, pero también por los islámicos, los druidas, los pueblos de África y los cristianos de la Edad Media. Por supuesto, estas técnicas estuvieron presentes desde tiempos inmemoriales en las altas culturas de América. “El Yoga ha existido en todas las grandes culturas, con otro nombre y hasta con técnicas diferentes, pero con el mismo sentido: tratar de desarrollar las facultades del ser humano para permitirle afrontar su realidad. Así es que, tanto en la antigua América como en las culturas europeas, ha existido esta disciplina." (José Marcelli, La experiencia del Yoga)

La similitud mencionada por Samuel Martí entre las posiciones de las manos de las deidades hindúes y mayas forma parte de un sistema simbólico más extenso, que abarca las posturas estáticas, las marchas, los pases marciales y la danza. Lo notable es que, cuanto más profundizamos en el pasado de México, más nítidas son esas posturas por su intencionalidad, contenido y función didáctica. El comienzo de este código de gestos puede ubicarse durante el período Preclásico (cuatro mil años antes de Cristo), siendo particularmente claro en las figurillas producidas por la cultura de Tlatilco. Su definición “clásica” fue alcanzada por los olmecas hacia el segundo milenio antes de Cristo.

Por lo tanto, algunas posturas y símbolos que hoy consideramos patrimonio del Yoga, aparecieron en Mesoamérica al mismo tiempo que sus primeras manifestaciones en la India (en las ciudades de Harappa y Mohenjo Dharo), y milenios antes de que fueran sistematizadas por el sabio Patanjali. Esto descarta la posibilidad de que el Kinam haya sido producto de una transferencia directa de Asia a América. Hablando con propiedad, no es que las técnicas toltecas se parezcan a las asiáticas, sino que todas ellas derivaron de un origen común.

LOS SIETE PASOS DEL KINAM

Las páginas siguientes intentan dar al lector una visión general de la ideología de los mesoamericanos, aplicada a nuestro desarrollo integral como seres humanos. Aquí encontraremos descripciones de posturas físicas, marchas guerreras, respiraciones, danzas y elementos del Yayaotl, una disciplina mexica para la preparación de guerreros. Asimismo, entraremos en contacto con los ejercicios toltecas de meditación, sus concepciones filosóficas y éticas, su manejo de la energía y una breve introducción a sus doctrinas esotéricas, recogidas bajo el nombre de Nawallotl, nagualismo.

A pesar de que no se ha conservado ningún tratado prehispánico exclusivamente dedicado a estas técnicas, sí quedaron suficientes elementos que sugieren que se hallaban divididas en categorías. Por ejemplo, si buscamos en los diccionarios de la lengua nawatl, encontraremos términos
específicos para expresar conceptos tales como “lenguaje manual”, “posturas devocionales”, “ejercicios dinámicos”, “ciencia de la marcha”, etcétera. También existen nombres propios para designar al cuerpo físico, la percepción, el aliento, la energía vital, los centros energéticos, y a un conjunto de vehículos de conciencia que los cronistas españoles confundieron con la idea cristiana del “alma”.

Por su parte, el cronista Sahagún reporta que en el antiguo México había decenas de categorías de lo que él calificó como “brujos” – en realidad, especialistas en diversos aspectos de la conducta humana –, lo cual demuestra que la mentalidad tolteca era propensa a las clasificaciones.

Teniendo en cuenta lo anterior, hemos diseñado el Kinam de acuerdo al modelo cosmogónico de los mexicanos, estructurado en cinco rumbos espaciales y siete planos de conciencia, dividiendo la información en siete pasos o ramas, que a su vez tienen una estructura pentagonal. El primer paso es Toltekayotl, el acercamiento a la cultura tolteca. Incluye un conocimiento de las ciencias, las artes, la religión y la filosofía prehispánica, todo lo cual se armoniza en una Cosmogonía. Su centro de resonancia en nuestra red energética recibe el nombre de Iwitl, pluma, y está ubicado un poco debajo del ombligo.

El segundo paso es Nawatilli, el compromiso con los principios. Su fundamento es la disciplina del guerrero, y las herramientas para conseguirlo: los principios generales de la Toltequidad, los tres mandamientos de Ketsalkoatl, el código de conducta del kiname y los reglamentos del grupo de prácticas. Su centro de resonancia es Pamitl, bandera, en el ombligo.

Le sigue Teochiwa, el acercamiento devocional. Sus aspectos son: el conocimiento del ritual, la teología y la mística toltecas, las iniciaciones sacramentales y el acto individual de devoción. Su centro de resonancia es Shochitl, flor, en la zona del corazón.

El cuarto paso es Chipawa, transparencia o purificación. Incluye el conocimiento y manipulación de nuestros centros vitales, el trabajo con los vehículos de la conciencia, el control del aliento y un acercamiento práctico a las teorías higiénico-terapéuticas toltecas, todo lo cual está orientado a conseguir la compactación de nuestra luminosidad. Su centro de resonancia es Topilli, bastón de mando, colocado en la garganta.

Teomania, meditación, es el quinto paso. Tiene como finalidad la obtención de los diversos grados del éxtasis. Sus elementos son: la recapitulación, la observación, la vocalización y la concentración por centros vitales, resumidos en la disciplina del silencio mental. Su centro de resonancia es Chalchiwitl, piedra preciosa, ubicado en el entrecejo.

El sexto paso es Nawallotl; podríamos describirlo como el trabajo chamánico con la energía. Su objetivo, el desarrollo del nagual o doble luminoso que todos llevamos en latencia. Sus técnicas auxiliares: el vínculo y alianza con los poderes de la Naturaleza, el manejo del sueño, el acecho y la recanalización de la energía sexual. Su centro de resonancia es Tekpatl, cuchillo de pedernal, localizado en el ápice de la cabeza.

El último paso está constituido por Yekoa, los ejercicios físicos, divididos también en cinco ramas, que son: las posturas sedentes (entre las cuales se incluyen los lenguajes corporal, manual y facial), y cuatro tipos de ejercicios dinámicos que derivan de aquellas, y que llevan los nombres de Nenemi, marchas, Mitotl, danza, Yayaotl, arte marcial, y Ulama, un deporte ritual prehispánico. Su centro de resonancia es Kolotl, escorpión, ubicado en la zona sexual.

EL LIBRO

Las documentales de este libro han sido los códices, vasijas, pinturas y esculturas prehispánicas, así como la tradición oral que sobrevive en los campos de México y los testimonios que dieron algunos cronistas de la época de la invasión europea, quienes vieron con sus propios ojos la grandeza de la civilización que estaban destruyendo.

Debo aclarar que la mayor parte de la información disponible está mezclada con las creencias y ritos de los antiguos mexicanos. Es por ello que me he visto obligado, en ocasiones, a emplear términos y metáforas tomadas del simbolismo religioso. No obstante, el Kinam no es una práctica de fe ni se basa en algún sistema de creencias. Sus principios están diseñados para producir resultados energéticos concretos, y eso es lo que verdaderamente importa. Es facultad de cada estudiante el cultivar el lado devocional de la Toltequidad, o bien adaptar los ejercicios a su propia visión del mundo.

Debido a lo novedoso y amplio de esta materia, me he visto forzado a sintetizar la información, analizándola en forma general y poniendo sólo algunos ejemplos del enorme caudal de técnicas de todo tipo que se han conservado. Por lo tanto, el presente libro es una introducción; tiene una segunda parte que será publicada próximamente con el título de Manual de Kinam, donde se desarrollarán metódicamente los ejercicios, sus variantes, grados de intensidad, propiedades terapéuticas y contraindicaciones.

Invito a todos los interesados a participar en esta obra de rescate y adaptación, para hacer de la práctica tolteca una herramienta de utilidad para el hombre y la mujer de nuestra época.