LOS MENSAJEROS DE LA SERPIENTE EMPLUMADA Frank Díaz Título: Los Mensajeros de la Serpiente Emplumada
Advertencia
Este texto contiene palabras pertenecientes a la lengua nawatl, hablada en el México antiguo. Para
facilitar su lectura, he adoptado la ortografía fonética, en la cual los vocablos se leen tal como se
escriben, según la pronunciación de las letras en el español actual. Las citas textuales y los nombres de
lugares aún en uso conservan la ortografía original.
Los sonidos del nawatl son los siguientes: Presentación En el México antiguo, llamado por sus moradores Anawak y por los investigadores Mesoamérica, se desarrolló una de las civilizaciones más originales de la Tierra. A pesar del trauma provocado por la penetración europea, la memoria compilada por los sabios de Anawak no se perdió; quedó cifrada en piedras, códices, trazos de ciudades, crónicas y leyendas. Hoy podemos decodificar esas fuentes, penetrando en su rico mundo simbólico, pleno de proposiciones artísticas, científicas y religiosas. Hace algunos años tuve la suerte de hablar con personas sencillas, pero muy informadas en la tradición oral de los campos de México, quienes creen que los antepasados viven y les hablan a través de sueños. Aquella convivencia me impulsó a elaborar tres libros. El primero, que tienes en tus manos, contiene un panorama general de las creencias de los moradores de Anawak. Este trabajo tiene como objeto contribuir a la consolidación de la identidad nacional a través del conocimiento de nuestras raíces. Es mi esperanza que sirva de estímulo a quienes desean profundizar en el arcano de la Toltequidad, donde a cada paso nos esperan nuevos retos y descubrimientos. Frank Díaz, México DF, 2000 Introducción Hace cuarenta milenios comenzó la gran aventura del continente americano. En aquella época aún no
había fronteras en la Tierra; los seres humanos llevaban una existencia nómada, en estrecho contacto
con la Naturaleza. Poco a poco, grupos de cazadores que se desplazaban por el norte de Asia detrás de
los rebaños de animales, descubrieron América.
A pesar de su modo rudimentario de existencia, aquellos hombres tenían una elaborada concepción
del mundo, a la que hoy damos el nombre de “chamanismo”. La sociedad chamánica estaba basada en
valores como la armonía con la Naturaleza, el respeto a los poderes generativos y la exploración de la Hace ocho milenios, los seres humanos se hicieron sedentarios y los valores de los chamanes perdieron vigencia. El vínculo con los poderes naturales se transformó en la adoración de unos dioses hechos a imagen y semejanza del hombre; la condición sagrada de la madre se trocó en el culto a un dios “padre” que prefiere a sus hijos varones y los ejercicios de poder fueron sustituidos por rituales simbólicos, conducidos por una casta de sacerdotes asalariados. Ese fenómeno ocurrió principalmente en Eurasia. Por una combinación de factores, tanto fortuitos como intencionales, fue más atenuado en América. Los primeros estados imperiales indígenas se formaron hace dos milenios, con la llegada de los tihuanacos al Tawantinsuyu (la zona andina) y los teotihuacanos a Anawak. Pero, aún así, los chamanes se las ingeniaron para convivir con los sacerdotes, respetando sus áreas de influencia, e incluso se fusionaron para producir un fenómeno social de nuevo tipo. Los pueblos de alta cultura de América merecen un estudio especial, porque lograron materializar el ideal de una sociedad civilizada, pero en contacto con la tierra; donde la diversidad de opinión no condujo a las guerras de fe; donde, a pesar de ciertas carencias materiales, el espíritu se expresó en una rica creatividad; donde se diseñaron instituciones para inhibir la idolatría y para potenciar los aspectos sutiles de la percepción. Contrario a lo que mucha gente cree, aquellos pueblos no eran primitivos adoradores de la lluvia y los elementos. Como afirma un autor, …tenían un conocimiento metafísico de lo existente. Hablaban lenguas copiosas, con las que podían expresar conceptos de máxima abstracción, suficientes para contener la finura y la solidez del lenguaje científico, la filosofía y las manifestaciones poéticas. (Tenían) un concepto del mundo que explica sus cualidades de grandes matemáticos, astrónomos, ingenieros, arquitectos y escultores. (Bonifaz Nuño, México profundo) El conjunto de logros artísticos, científicos y sociales acumulado por los pueblos de Anawak fue llamado Toltekayotl, toltequidad, un término nawatl4 formado de la raíz Tol, tallo, que con el tiempo llegó a significar cultura5. El primer diccionario nawatl, redactado a mediados del siglo XVI por el padre Molina, traduce Toltekayotl como “arte para vivir”. La Toltequidad es el legado característico de México al mundo. Si (las culturas euroasiáticas) tuvieron el Tao, el hinduismo y el budismo, nosotros tenemos la Toltecayotl. Si otras civilizaciones tuvieron a Zoroastro, Hermes, Buda, nosotros tenemos a Quetzalcoatl y el maíz... Más que una cultura o etnia, “tolteca” fue un grado de conocimiento de los hombres sabios del México antiguo, y Teotihuacan fue el centro generador e irradiador de la Toltecayotl en todo el Anahuac. (Guillermo Marín, Historia verdadera del México profundo) A partir de una interpretación difundida en un congreso científico en 19416, el término “tolteca” se ha venido asociando exclusivamente con los moradores de la ciudad de Tula, en el estado de Hidalgo. Sin embargo, Tula, o más bien Tollan, es un título nawatl que significa capital; fue compartido por ciudades como Teotihuacan, Cholula, Tenochtitlan, etcétera. La Tula de Hidalgo se llamaba antaño Xicocotitla y, si bien llegó a ser una de las capitales de Anawak, no fue la única ni la más espléndida. Como podemos comprobar en la siguiente definición de un códice mexica, en el México antiguo, todo el que aceptaba los principios de la Toltequidad era considerado un tolteca: El tolteca es sabio, es una lumbre, una antorcha, una gruesa antorcha que no ahuma. Hace sabios los rostros ajenos, les hace tomar un corazón. No pasa por encima de las cosas: se detiene, reflexiona, observa… De este modo os convertiréis en toltecas: si adquirís hábito y costumbre de consultarlo todo con vuestro corazón. (Códice Matritense) Haciendo justicia al concepto original, en este libro emplearé el término “tolteca” para referirme a todos los moradores de Anawak, desde los olmecas en el segundo milenio antes de Cristo, hasta los mexicas que cerraron aquella historia; y desde los pipiles en Nicaragua hasta los tarahumaras en la frontera norte. El enfoque tolteca se componía de fórmulas ideológicas que propiciaron el desarrollo sano de la
sociedad. Se basaba en tres pilares semejantes a los que rigen en otras propuestas religiosas de la
tierra, que eran: El fundamento de la Toltequidad era Ketsalkoatl, la serpiente emplumada. Ketsalkoatl no era un dios tribal, sino el Ser Supremo, el mismo que, en otras tradiciones de la Tierra, recibe los nombres de Yahvé, Allah, Brama, Tao, etcétera. Representaba la totalidad, pues la serpiente aludía al lado material del Universo y las plumas a la energía. Pero también era una propuseta de acción, ya que la metáfora de la serpiente que emprende el vuelo encerraba el concepto de la trascendencia. Más que un dios, en el sentido cristiano del término, Ketsalkoatl era la imagen de nuestro potencial de desarrollo como seres humanos. Los toltecas creían que Ketsalkoatl creó al mundo a través de ciclos de desarrollo gradual, imprimiendo su intento evolutivo a la materia inanimada, las plantas, los animales, diversas humanidades embrionarias y, finalmente, al ser humano cultural. Una vez surgida la cultura, la Deidad encarnó en un cuerpo físico, dando origen a un linaje de voceros o mensajeros que mantuvieron encendida la llama de la civilización. Los antropólogos e historiadores califican este tipo de creencias como “mesianismo”. La concepción mesiánica del mundo parte de la idea de que existen dos realidades, la humana y la divina, las cuales pueden cohabitar en un hombre o mujer, que se transforma de ese modo en el mediador de su comunidad. Cuando tales creencias incluyen la profecía del retorno del mediador, el fenómeno mesiánico se denomina “milenarismo”. Las creencias mesiánico-milenaristas de los antiguos mexicanos no se han estudiado como merecen. Los primeros misioneros españoles procuraron acentuarlas, en un intento por favorecer la conversión de los indígenas al cristianismo. A fin de hacer más sugerente el parecido entre las vidas de Jesús y Ketsalkoatl, incluso inventaron leyendas, como que Ketsalkoatl era un hombre blanco de ojos claros y rubios cabellos, vestido a la usanza europea, que auguró la llegada de un pueblo conquistador. Cuando analizamos tales afirmaciones a partir de las fuentes que se conservan, encontramos que no tienen fundamento histórico. En la actualidad, las especulaciones de los cronistas españoles han sido desarrolladas por la iglesia mormona, la cual afirma que Jesús resucitó y vino a México, dando origen al mito de la Serpiente Emplumada. En consecuencia, los mormones interpretan la historia de Anawak como un eco de temas bíblicos. En el extremo opuesto de esta tendencia interpretativa están los investigadores modernos, quienes, en su mayoría, se resisten a estudiar las creencias toltecas en el contexto de las religiones comparadas. En ello se percibe la resistencia de la cultura occidental, que no quiere arriesgarse a una comparación que podría fracturar algunos de sus soportes ideológicos. Salgamos de ambos extremos. Enfoquemos la Toltequidad como un objeto específico de estudio, pero sin desvincularlo de su contexto universal. Para ubicar el mito de la Serpiente Emplumada, hay que tomar en cuenta que la creencia en un mediador divino no es exclusiva de los cristianos, sino patrimonio común de todos los pueblos de la Tierra. En consecuencia, es natural encontrarla en Mesoamérica, y es legítimo analizarla desde una óptica mesiánico-milenarista. La idea que defiendo en este libro, es que el mito de la Serpiente Emplumada es una creación colectiva que se manifiesta en cada pueblo con características propias. A partir de ahí, analizaré algunos símbolos típicos de Anawak, tomando como ejemplo la vida del último mesías tolteca, un personaje que vivió en la segunda mitad del siglo X después de Cristo y llevó el nombre de Se Akatl Topiltsin Nakshitl Ketsalkoatl, nuestro señor uno caña cuarto paso de la serpiente emplumada. ---- Tratar de descifrar las creencias toltecas apoyados única-mente en las armas de la antropología, es tan ingenuo como pretender reducir el aroma de una flor a la descripción de sus componentes químicos. La fe de un pueblo no cabe en un inventario cultural porque, en lo que respecta al fenómeno religioso, la suma de las partes no es igual a la totalidad. Pasarán siglos, se escribirán muchas páginas y la Serpiente Emplumada continuará siendo, como hoy, un misterio de insondables proporciones. Sin embargo, es mi deber aportar siquiera un minúsculo grano de maíz a estos estudios, en favor del esclarecimiento de un aspecto fundamental de nuestra historia.
Ketsalkoatl es el nombre nawatl del Ser Supremo. Para comprender a profundidad las creencias toltecas, hay que averiguar qué entendía el morador del México antiguo cuando escuchaba ese nombre. El término Ketsalkoatl se compone de dos eleventos: Ketsal, pluma, y Koatl, serpiente; su combinación significa serpiente emplumada. Sin embargo, la raíz Ketsal también tiene el sentido de algo precioso, en particular las plumas verdes del quetzal y las piedras verde-azuladas como el jade o la turquesa. Aquí encontramos una alegoría, pues, según la leyenda, el nacimiento de los profetas mesoamericanos ocurrió cuando E’ekateotl, el espíritu divino, penetró en el seno de una virgen o una asceta bajo la forma de un jade o una pluma. De modo que el nombre de Ketsalkoatl contiene, en primer lugar, una leyenda o “misterio” teológico. Ketsal también significa feminidad; era un nombre muy común entre las niñas mexicas. Esto le daba al título un matiz femenino, indicativo de que se trataba de una deidad andrógina o hermafrodita. Es por ello que los mexicas, al orar a Ketsalkoatl, le llamaban Teteoinan teteoitta, madre y padre de los dioses. La raíz Ketsal se relaciona con otras dos: Ketsil y Ketsa; ambas significan pisar, dar un paso, ponerse de pie, detenerse en el camino, dejar una huella. Aparecen en términos como Ketstiu’, criatura nacida de pie, Shimoketsa, ponte de pie, y Ketsilpaina, andar de prisa. La relación entre la Serpiente Emplumada y el símbolo del pie se debe a que, en Anawak, el paso y la huella eran metáforas del nacimiento y los ciclos. Estudiaremos esto con detenimiento en próximos capítulos. Como verbo, Ketsa contiene dos sentidos contrarios: fecundarse los animales y abortar la criatura. Su explicación es la siguiente: siendo la suprema conciencia del Universo, se consideraba que la Serpiente Emplumada tenía el poder de crear y destruir la vida. Ambos sentidos se recogen en la leyenda del nacimiento del héroe Se Akatl Topiltsin, quien fue abortado por su madre en una batalla que duró cuatro días. También lo vemos esta imagen de un códice mixteco, donde el infante divino es comparado con una caña que brota de la frente el dios ciego del inframundo, la cual se quiebra y precipita hacia la tierra como metáfora de la ruptura de la visión interior. Al duplicarse, la raíz Ketsa forma el verbo Keketsa, dilatarse el tiempo, sucederse las edades, en el cual percibimos una referencia a los ciclos de manifestación. La obsesión de los mesoamericanos por el tiempo y sus recurrencias, materializada en el extraordinario calendario de Anawak, es un elemento imprescindible para entender aquellas creencias. Otra acepción de la raíz aparece en el sustantivo Ketstli, caracol vocero, el instrumento con el cual se proclamaban los mensajes reales. Aquí percibimos tres contenidos: en primer lugar, los toltecas emplearon el corte transversal o longitudinal del caracol como emblema de su fe. En segundo, es una referencia a la creación del Universo a través de la voz, tal como afirma un texto maya: Entonces brotó la primera palabra allí donde antes no había palabras, se desprendió de la piedra (de fundamento) y cayó en el Tiempo. Y comenzó a proclamar su divinidad. (Chilam Balam, Antiguos dioses) En tercer lugar, el caracol vocero aludía a las manifes-taciones humanas de la Serpiente Emplumada, uno de cuyos títulos era Tloa’toani, los de la palabra. Ese sentido se refuerza por otros significados de la raíz Kets, tales como anunciar y aconsejar. Además, al unir a dicha raíz la partícula Tla, que indica una acción sostenida, se forma el verbo Tlaketsa, contar historias, lo cual nos recuerda una importante función de los sacerdotes toltecas: la de sostener la identidad del grupo a través de la palabra. Otro sentido de Tlaketsa era columna, sostén. La columna aludía a la Serpiente Emplumada como eje del Cosmos, es decir, como sostenedor de las leyes naturales, y también a la función de sus mensajeros como baluartes ideológicos de la comunidad. De tal acepción deriva el nombre maya de los mensajeros: Bacab, columnas, bastones. Los toltecas sintetizaron dicho sentido en un elemento arquitectónico característico de sus templos: las columnas en forma de serpientes emplumadas que flanqueaban la puerta del santuario, las cuales, en ocasiones, eran sustituidas por efigies humanas cuyos brazos alzados expresaban la idea de sostener el peso del mundo y el orden social. En una clave chamánica, Tlaketsa era la columna vertebral, vehículo de la fuerza de vida que corre por nuestros nervios y arterias. De ahí que, con frecuencia, la Serpiente Emplumada fuera representada como un espinazo o una serpiente que sale de la médula espinal, o incluso como un ciempiés cuyos segmentos y patas semejaban vértebras. Mencionaré, por último, que la raíz Kets y su variante Kech nombraban a la melena y la barba. En consecuencia, tales atributos físicos eran distintivos de los profetas de Ketsalkoatl, como afirma un cronista: Este sabio predijo que habría de asumir el trono un señor, el cual ostentaría ciertas señales en el cuerpo, siendo la principal sus abundantes cabellos, con los cuales la Naturaleza formaría una tiara en torno a su cabeza. Asimismo, que habría de ser barbado y tendría el aspecto de un dios. (Alba Ixtlilxochitl, Primera Relación) Debido a que los aborígenes de América tienen escasa vellosidad facial, algunos autores interpretan la presencia de barba en las imágenes de Ketsalkoatl como evidencia de que se trataba de un extranjero. Sin embargo, si tenemos en cuenta que los chinos y otros pueblos asiáticos pertenecientes a la misma raza que los indoamericanos, también tuvieron la barba como emblema de sabiduría, comprendemos que se trata de un simbolismo universal. La melena y la barba representaban los rayos del Sol y el estado de conciencia iluminado o “solar” de los profetas. Una vez despejado el significado de la primera parte del nombre de Ketsalkoatl, vamos a la segunda. El sentido directo de Koatl es serpiente. La serpiente es hasta hoy uno de los íconos más característicos del arte mexicano. Por la sutileza de sus movimientos representaba la sabiduría y daba nombre a los sabios. Su forma alargada recordaba a la columna vertebral y al eje del Cosmos, lo cual hacía que las raíces Koa y Ketsa armonizaran muy bien. La segunda acepción de Koatl es doble, gemelo, conservada en el aztequismo “cuate”. De ahí que una de las traducciones más comunes de Ketsalkoatl sea gemelo precioso. En este caso, el título alude a una creencia muy arraigada entre los mesoamericanos: que todos los seres vivos poseemos un “doble” o contraparte del cuerpo físico llamado Nawalli o nagual, proyectado. Debido a que la Serpiente Emplumada encarna los poderes del nagual, uno de los títulos que le dieron fue Nawalpiltsintli, príncipe de las transformaciones. En las leyendas, el doble adopta la forma de un ocelote o perro, cuyo trabajo es transportar las almas de los difuntos a través del río del olvido. Al igual que en otras culturas de la Tierra, en Anawak la serpiente representaba al miembro sexual masculino y, por extensión, al acto de producir vida. De ahí que la raíz Koa diera origen a términos como Yekoatl, acto sexual, y Koatlaka, generación humana. Tal sentido quedaba enfatizado al combinarse con los atributos femeninos contenidos en la raíz Ketsal, lo cual expresaba gráficamente la capacidad de Ketsalkoatl de ser la madre y el padre del Universo. Lo anterior se relaciona con otra acepción del término Koatl: ombligo. El ombligo es el órgano que alimenta la vida, relacionado con el feto o estado potencial de las cosas. También es, según las creencias toltecas, el punto del cuerpo donde se concentra la energía, razón por la cual, otro de sus significados es centro. Todos estos contenidos se reflejan en esta figurilla olmeca, que semeja un falo en forma de feto, en cuyo interior hay una especie de matriz con otro feto diminuto y una serpiente-ombligo. La connotación umbilical de la serpiente se hace más clara en la escritura nawatl del término Koatl, que se podía hacer de dos maneras: pictográfica, empleando la caricatura de una serpiente, o fonética, uniendo los jeroglíficos Ko, vasija, vientre, y Atl, agua. De este modo, el título adquiere otros dos significados: recipiente de agua y agua del vientre. El primero daba nombre a la sacerdotisa suprema de la Toltequidad, Siwakoatl Tlakiach Amapane, señora serpiente dueña de los canales ocultos de agua; el segundo, al líquido amniótico de la embarazada. ¿Qué significan estas metáforas? La vasija de barro tipifica al cuerpo físico y el agua a la conciencia. La combinación Ko-atl describía, pues, a la materia y el espíritu, una dualidad a la cual los filósofos toltecas llamaron Tonal y Nagual, evidente y oculto. En una interpretación relacionada con la anterior, Koatl era el atanor o recipiente donde se realizaba la “obra” de transmutación alquímica. Este juego de ideas aparece en el mito del nacimiento del profeta. El Popol Vuh, libro sagrado quiché, cuenta cómo, en cierta ocasión, una joven llamada Chimalma fue al río a buscar agua, pero un dardo divino perforó su vasija (la vasija intacta y llena de agua es emblema de la Luna llena y de la madre del profeta, mientras que la vasija quebrada y vacía como la Luna menguante, representa la fecundación y el parto). Chimalma lloró, pero los dioses, apiadándose de ella, acudieron y cerraron la abertura. Este es un modo mesoamericano de representar el misterio de la inmaculada concepción. El emblema de la serpiente también entra en el mito de la fundación de México, ya que un sinónimo de Koatl era Shiktli, nombre biológico del ombligo. El nombre de México, o mejor dicho, Me-shik-ko, con acento en la penúltima sílaba, se compone de Me, luna, maguey, Shik, ombligo, más el sufijo locativo Ko. Cuando las raíces Me y Shik se asocian, la primera adquiere el sentido secundario de vientre. Por lo tanto, México significa lugar del ombligo de la luna o del maguey, y en sentido figurado, el vientre o centro de la tierra. Lo notable es que el jeroglífico con el que se escribía ese nombre no estaba formado por una luna o un maguey, sino por un águila devorando a una serpiente. El águila es un emblema solar; por eso se dibujaba en acto de agredir, simbólico de la fecundación. La serpiente es lunar, por lo que se representaba sometida y enroscada sobre sí misma, formando el jeroglífico de la matriz. La lectura directa de esta combinación es Kuau’koatl, águila-serpiente, un concepto que encierra la misma dualidad del ave y el reptil presente en el nombre de Ketsalkoatl. Este análisis nos permite comprender por qué, en la siguiente imagen de un códice mexica, el dios Witsilopochtli, colibrí zurdo, fue representado como un apéndice o advocación de Ketsalkoatl. Vemos un colibrí que liba la flor de la sabiduría, que brota del collar de los ciclos, que a su vez sale del hueso-germen de la vida, que se proyecta desde la frente o visión interna del sacerdote de la Serpiente Emplumada. ¡La vida que nace de la muerte! Witsilopochtli también revela su vínculo con Ketsalkoatl de otro modo, pues su primer término, Witsil, colibrí, es el equivalente mexica del águila o el quetzal teotihuacano, mientras que el segundo, Opochtli, daba nombre a lado izquierdo de la creación, y por lo tanto, al Koatl o nagual. Como deidad independiente, Opochtli era el patrón de los pescadores; esto se relaciona con Ketsalkoatl, pues los términos Ketsal y Koatl están jeroglífica, etimológica y simbólicamente relacionados con el agua; y dentro de unas páginas veremos cómo el Ser Supremo se transformó en pez para anunciar a la virgen Chimalma el nacimiento de su hijo. En la iconografía de México y los Andes aparecen otras aves, además del quetzal, el águila y el colibrí, en relación con una serpiente, un dragón o un pez, cuya conjunción compone en todos los casos el nombre divino. Los mayas empleaban a la guacamaya y la garza, mientras que los incas preferían al cóndor y el halcón. En el Popol Vuh, el ave mediadora es un cuervo que servía como mensajero entre el cielo y la tierra, al cual los señores del inframundo, en un desesperado intento por impedir el cambio de ciclo, le ordenaron que sacrificara a la joven embarazada. Pero, en lugar de matarla, el cuervo la salvó y desde entonces se dedicó a velar por el desarrollo del niño. En algunos monumentos, el nombre de Ketsalkoatl se invierte; en lugar de dibujarse como una serpiente con plumas, adopta la forma de un ave con atributos de serpientes, tales como cascabeles, ojo de reptil o lengua bífida. Con frecuencia, el ave se posa sobre un árbol cuyas ramas se extienden a modo de cruz. Aquí encontramos un juego de palabras, pues el nombre nawatl del árbol, Kuau’tli, también designaba al águila o principio volátil; además, se forma de la raíz Kau, alargado, cuyo diptongo AU, resuelto como O, da origen al nombre de la serpiente, Koatl. ¿Por qué se asociaba el árbol con la cruz? En primer lugar, porque la cruz está formada de leños; también, porque representa la intersección de los cuatro rumbos del Cosmos, y un nombre nawatl de este concepto era Nauyaktli, cuatro puntas o cuatro arremetidas, que, no por casualidad, designaba a la serpiente de cascabel. Como consecuencia de esta integración de sentidos, la cruz fue emblema de los profetas mesoamericanos (circunstancia que los misioneros españoles aprovecharon hábilmente en sus prédicas). Debido a ello, adquirió los sentidos secundarios de sacrificio y redención, tal como afirma el siguiente testimonio: Vieron que (los mayas) tenían cruces, y al preguntarles por su origen, contestaron algunos que, al pasar por aquellos parajes cierto varón hermosísimo, les había dejado dicha reliquia como recuerdo. Otros (añadieron) que en ella había muerto un hombre más resplandeciente que el Sol. De cierto, nada se sabe. (P. M. Anglería, Décadas del Nuevo Mundo) Otro significado de la raíz Koa es pecar o tener un dolor; se refuerza al combinarse con Ketsalli, que adquiere la connotación de gracia, impecabilidad. Tal dualidad transforma el nombre de Ketsalkoatl en la descripción de un movimiento, en un retrato del sendero tolteca, que va de lo limitado a lo pleno y de lo pecaminoso a lo impecable, a través del merecimiento. Relacionada con la anterior, está la acepción paralítico, inmovilizado, que da a su acompañante Ketsal el sentido relativo de moverse con rapidez. En su combinación, ambos términos conforman una mística idea que fue descrita por dos grandes maestros con las siguientes palabras: El signo del Padre que lleváis en vosotros es movimiento y quietud. (Jesús, Evangelio de Tomás, 50) Un estallido controlado y una quietud controlada son la marca de un guerrero. (Carlos Castaneda, Viaje a Ixtlan, cap. 10) Por último, mencionaré que el plural de Koatl – Kokoa – significa comprar y vender, y daba nombre al dinero. La asociación entre el mediador divino y el dinero o medio de cambio es muy antigua; se remonta a épocas prehistóricas, cuando el ganado era la moneda corriente. Aún se conserva su recuerdo en el título semita Mashiakh, cordero, latinizado como Mesías, el cual se forma por una raíz relacionada con el nombre nawatl del venado, Masatl, y con el título del merecido espiritual, Masewalli. Por lo tanto, al pronunciar el nombre de Ketsalkoatl, sus creyentes de habla nawatl percibían un matiz transferente o comercial, en el más respetuoso sentido del término. Ello explica diversas tradiciones de Anawak. Por ejemplo, Ketsalkoatl era el patrón de la casta de los Pochteka o comerciantes. El emblema que identificaba a los sacerdotes era un Shikipilli o monedero, en el que no guardaban monedas, sino espinas de penitencia, motas de algodón y trozos de incienso. La cruz de los rumbos también era jeroglífico del oro, el concepto de “valor” y de la cantidad 8000 (tercer orden de la numeración vigesimal, simbólico de la abundancia material). En la biografía del príncipe de Tula hay un episodio que recoge tal asociación de ideas. El cronista Diego Durán narra que, pocos días antes de inmolarse en una hoguera, Se Akatl regaló a los ancianos de Cholula ciertas cuentas de piedra verde, una de ellas ...muy bien labrada con una cabeza natural de mono. (Historia de las Indias). Tales gemas servían por entonces como moneda. Sus seguidores entendieron el mensaje: a través de esa “compra”, quedaron comprometidos a continuar su misión. Por eso guardaron el precio de su rescate en un monedero de piel de ocelote y lo veneraron en el santuario de Cholula como la joya de máximo valor. Hasta aquí, lo que cabe decir sobre la traducción razonada del nombre de Ketsalkoatl. Como vemos, no es posible dar en español una idea exacta de la amplitud de imágenes que ese título evocaba en los antiguos mexicanos, a menos que recurramos a diversas traducciones simultáneas, tales como: serpiente con plumas, doble precioso, ave de las edades, gema de los ciclos, ombligo o centro precioso, serpiente acuática fecundadora, el de las barbas de serpiente, el precioso aconsejador, divina dualidad, cuatro rumbos, femenino y masculino, pecado y perfección, movimiento y quietud, etcétera. |