SAGRADO TRECE, los calendarios del antiguo México

Una investigación sobre la Cuenta Unificada de Anawak
Frank Díaz

Título: Sagrado Trece, los Calendarios del Antiguo México
© 2001, 2005, por Frank Díaz, fdiaz@kinam.org
© de la presente edición: Kinames S. A. de C. V.
Primera edición: Diciembre del 2005
ISBN: 970-94585-0-7

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El objeto de esta investigación es determinar el funcionamiento y precisión astronómica del calendario del México antiguo. Como resultado, se ha demostrado que existe unidad entre las versiones calendáricas empleadas por los mexicas, mayas, zapotecas y demás pueblos de Anawak.
La Cuenta Unificada de Anawak permite leer correctamente las fechas inscritas en todo el territorio mesoamericano, desde la época olmeca hasta la etapa colonial. Al mismo tiempo, proporciona una correlación interna que ubica el comienzo de la Cuenta Larga, más conocida como «calendario maya». Frank Díaz, México D. F., Mayo del 2004

Índice

Nota ortográfica
Introducción

PRIMERA PARTE
BREVE HISTORIA DEL NÚMERO TRECE

Capítulo 1 Dioses matemáticos
Capítulo 2 El contacto asiático
Capítulo 3 El origen del sagrado trece
Capítulo 4 ¿Dónde nació este calendario?
Capítulo 5 La dimensión mística del calendario tolteca

SEGUNDA PARTE
EL CALENDARIO MESOAMERICANO, SU FUNCIONAMIENTO

Capítulo 6 El año sagrado
Capítulo 7 La versión maya-olmeca

Capítulo 8 La versión nawatl
Capítulo 9 Dinámica de los ciclos en la versión nawatl

TERCERA PARTE
LA ESTRUCTURA DEL AÑO MESOAMERICANO

Capítulo 10 Principales hipótesis
Capítulo 11 ¿Un bisiesto mesoamericano?
Capítulo 12 La ecuación de Tenochtitlan
Capítulo 13 El ciclo de las veintenas iniciales
Capítulo 14 La correlación del Haab

CUARTA PARTE
LA CORRECCIÓN ANTIBISIESTA

Capítulo 15 La rotación de los cargadores
Capítulo 16 La verificación arqueoastronómica
Capítulo 17 Leyendo las piedras
Capítulo 18 La correlación interna

Apéndice 1 Significado de los números de la trecena
Apéndice 2 Significado de los signos de la veintena
Apéndice 3 Significado de las festividades trecenales
Apéndice 4 Significado de las veintenas
Apéndice 5 Método para calcular tonales
Apéndice 6 Correlación diaria 2006 al 2012
Apéndice 7 Tablas de cargadores anuales
Obras consultadas

Nota ortográfica

Este libro contiene palabras de la lengua nawatl, hablada por diversos pueblos del México antiguo. El nawatl es una lengua aglutinante (que une raíces), perteneciente al grupo lingüístico indoamericano. El nawatl clásico se definió en la corte de Texcoco en el siglo XV de la era
cristiana, y se mantuvo vivo hasta comienzos del siglo XIX. Variedades de esta lengua aún se hablan en sitios de México, Centroamérica y los Estados Unidos.

Generalmente, el nawatl se escribe con la ortografía del español del siglo XVI, la cual, en la actualidad, ha quedado obsoleta. Para hacer más exacta su lectura, en las siguientes páginas he adoptado la convención ortográfica fonética, en la cual los vocablos se leen tal como se escriben, según la pronunciación de las letras en el español contemporáneo. Las citas textuales y los nombres de lugares conservan la ortografía tradicional.

Los sonidos del nawatl son los siguientes:

  • Cinco vocales: A, E, I, O, U.
  • Dos semivocales: W, Y.
  • Once consonantes: Ch, K, M, N, P, S, Sh, T, Tl, Ts, L.
  • Un saltillo, representado por el apóstrofe (’).

La doble L vale como L larga. La combinación TL se pronuncia un poco más suave que en español. El saltillo es una breve oclusión glotal sin aspirado. Todas las palabras, excepto los monosílabos, se acentúan en la penúltima sílaba.

Introducción

Hace no mucho tiempo, en un lugar llamado Anawak, existió un pueblo fascinado por el cielo, que procuró reflejar el movimiento de los astros en su vida diaria. Y para conseguirlo, emprendió una de las más osadas aventuras que haya concebido la mente humana: el calendario de Anawak.

El territorio de Anawak se conoce en la actualidad como Mesoamérica; se extiende desde Nicaragua hasta el norte de México, y del Mar Caribe al Océano Pacífico. La civilización de Anawak comenzó con los olmecas, en el tercer milenio antes de Cristo, y llegó a su ocaso cuando cayó la capital maya de Tayasal, en 1697. Centenares de comunidades participaron en ese esfuerzo cultural, cuyos logros artísticos, religiosos, científicos y sociales recibieron en nawatl el nombre de Toltekayotl, toltequidad.

La Toltequidad es una visión holística del mundo. Fue definida a partir del siglo X antes de Cristo en ciudades como La Venta, Monte Albán y Teotihuacan. Se desarrolló posteriormente en Xochicalco, Cholula, Tula y Chichén Itzá, y alcanzó su auge bajo el reinado de Se Akatl Topiltsin Ketsalkoatl, en la segunda mitad del siglo X después de Cristo. A la llegada de los españoles en 1519, la bandera tolteca era enarbolada por Texcoco y Tenochtitlan (hoy México). Todas estas ciudades ostentaron el título nawatl de Tollan o Tula, capital. Por lo tanto, en un sentido cultural, podemos decir que todos los moradores del México antiguo fueron toltecas.

La suma de los saberes de la Toltequidad quedó cifrada en el calendario. Con frecuencia, escuchamos hablar de calendarios «maya», «mexica» o «zapoteca», como si se tratara de diversos mecanismos de medición del tiempo. Esto impone una pregunta: en verdad, ¿hubo diversos calendarios en el antiguo México? No. La tradición recogida por el cronista Bernardino de Sahagún afirma: Eran tan hábiles en la astrología natural los toltecas, que ellos fueron los primeros que tuvieron la cuenta de los días que tienen el año, las noches y sus horas, la diferencia de tiempos… Y eran tan sabios, que conocían las estrellas del cielo y les tenían puestos sus nombres, sabían sus influencias, calidades y movimientos. (Sahagún, Historia General)

Si hubiésemos preguntado a cualquier mesoamericano qué nombre daba a su cuenta del tiempo, habría respondido: «calendario tolteca». Al recuperar el nombre original, no sólo le hacemos justicia a una institución prehispánica, sino que las cuentas empleados por los diversos pueblos se revelan como lo que son: versiones de un sistema común, cuyo vínculo se hace patente cuando las estudiamos en forma comparada.

En este libro analizaré las dos modalidades calendáricas principales de Mesoamérica, ambas de invención olmeca. La primera fue usada principalmente por los mayas, por lo que le llamaré «versión maya». Tiene dos variantes: la Cuenta Larga y la Cuenta Corta, esta última una abreviatura de la primera. Se caracteriza por la presencia de unos ciclos extremadamente largos y regulares de tiempo, que se cuentan a partir de un punto cero, cuyos años duran 360 días. La segunda modalidad ha sido mayormente documentada en el área nawatl, por lo que le llamaré «versión nawatl», dejando en claro que fue empleada por todos los pueblos de Anawak, incluso los mayas. Se compone de unos ciclos relativamente breves, pero muy precisos desde el punto de vista astronómico, que no se cuentan a partir de un punto cero, sino mediante una rueda de símbolos.

Primera Parte
Breve historia del número trece

"¿Quién nació cuando bajó? ¡Gran Padre, tú lo sabes! Nació el primer principio, y quebró y barrenó las espaldas de los montes.
Y fue su palabra un destello de gracia que estremeció la inmensidad de lo Eterno. ¿Quiénes nacieron después?
¡Padre, tú lo sabes! Nació el que es tierno en el Cielo, el Espíritu de la infinita gracia. Las siete preciosidades
le ampararon y la piedra virgen de inmaculada perfección. Nació el Tiempo y comenzó a caminar solo."

( Chilam Balam de Chumayel, Libro de los Antiguos Dioses)

Capítulo 1
Dioses Matemáticos

El calendario mesoamericano fue escenario privilegiado de la danza del trece. Ese extraño número, difícil de trabajar, que en nuestra cultura se ha convertido en presagio de mala suerte, se paseaba a su gusto por la sociedad prehispánica, ordenando los ciclos y dictando la vida de la gente. ¿De dónde salió? ¿Cómo llegó a convertirse en el centro de una peculiar astrología? ¿Qué cualidades místicas y científicas posee? Para responder a estas preguntas, tenemos que salirnos de nuestros hábitos mentales.

Cuando escuchamos la palabra «calendario», imaginamos un mecanismo matemático frío e impersonal, vinculado exclusivamente con la medida del tiempo. En el caso de los antiguos mexicanos, esa definición no sirve. Los moradores de Anawak concebían al tiempo como un ser provisto de conciencia. Los ciclos, más que cortes en una extensión infinita, eran entidades divinas con nombres propios. Los movimientos de los astros no eran el producto de leyes inmutables, como creemos en la actualidad, sino de la voluntad de esos seres supremos cuya existencia nadie ponía en duda, porque era parte de la experiencia común. En aquella visión, los ciclos eran dioses. Las relaciones que se daban entre ellos constituían en su conjunto la historia del tiempo.

Una muestra de la penetración del pensamiento tolteca en tal sentido, quedó reflejada en los nombres del tiempo y el espacio en lengua nawatl: Kawitl y Kau’tli, respectivamente, ambos formados de la raíz Kau, extensión. Ello sugiere que los prehispánicos alcanzaron plena conciencia de la naturaleza dimensional del continuo espacio-tiempo en que vivimos. Diferenciaban el tiempo divino – el estado causal de la creación – de la duración, como una propiedad de los fenómenos. El tiempo divino recibía el nombre de Semikak, eternidad; la duración, los de Yekkawa, completamiento, y Semana, durar hasta el cabo. Los ciclos eran genéricamente llamados Shiwitl, estación, un término que designaba también a la hierba, el color verde y el año.

Los jeroglíficos con los cuales se representaban estos conceptos son muy reveladores. El tiempo causal se aludía mediante dos triángulos entrelazados, un signo que nosotros conocemos como la estrella de David; el triángulo con la punta hacia arriba representaba las tres dimensiones del espacio (largo, ancho y alto), mientras que el triángulo invertido se asociaba a las dimensiones del tiempo (pasado, presente y futuro), resumidas en el séptimo punto central. El doble triángulo también representaba el entrecruzamiento de las ondas, y era una de las formas como los prehispánicos dibujaban el cubo. El tiempo fenoménico se escribía con el mismo glifo, pero atado por la mitad con una banda o lazo, en señal de contracción periódica. Cuando se asociaba con una fecha, este signo era emblema del año.

TEOLOGÍA, MATEMÁTICAS Y CUENTAS CALENDÁRICAS

Semejante visión no pudo existir sin el desarrollo de una elevada reflexión matemática. La esencia de las matemáticas de Anawak quedó reflejada en los nombres de los dioses del panteón tolteca, formados a partir de las cifras y sus combinaciones. El Creador del tiempo era llamado en nawatl Senteotl y en maya Hunab Ku, significando en ambos casos unidad divina. Otro título del Ser Supremo era Ometeotl, formado por la raíz Teotl, divino, más la partícula Om, en unidad, y el número E, tres, que en conjunto forman el número Ome, dos. Tal como afirma un códice, la traducción apropiada de este nombre es divina uni-dual-trinidad: ...la causa primera, por otro nombre llamado Ometecuhtli, que es tanto como Señor de Tres Dignidades. (Códice Vaticano 3738, lámina 17)

Para crear el Universo, Ometeotl emanó trece aspectos luminosos y nueve oscuros, llamados por los mayas Oxlahun Tiku, divino trece, y Bolom Tiku, divino nueve. Los nawas los conocieron como Omemamatlatl, los trece escalones, y Chiknau E’ekatl, viento nueve. De acuerdo con las ideas cosmológicas toltecas, los trece aspectos luminosos se resumían en el sagrado número siete, mientras que los nueve aspectos oscuros estaban asociados con el cinco.

¿Qué significado encierran estos números? El trece-siete representaba lo espiritual, ya que imaginaban el Cielo como una pirámide de siete pisos y trece escalones. El nueve-cinco se refería al ser humano y la encarnación de la conciencia, por lo que estaba asociado con el «inframundo» (es decir, con la vida mortal y el cuerpo físico), y se le representaba como una pirámide invertida de cinco planos y nueve escalones.

Es interesante comprobar que estos números aparecen en otras culturas de la Tierra. Por ejemplo, el libro hebreo Ziphra Dzeniutta llama a los planos celestes e infernales las trece barbas blancas y las nueve barbas negras del Anciano de Días. El escritor Dante Alighieri popularizó la misma idea entre los europeos, al narrar en la Divina Comedia su visita a los nueve infiernos y los trece cielos. En las leyendas de Egipto, Babilonia, India y China aparecen datos semejantes. Pero fue en Mesoamérica donde esos números generaron una comprensión integral del mundo, elaborada sobre minuciosas observaciones de los ritmos de la Naturaleza.

Como escribió un cronista, las matemáticas sagradas de los prehispánicos estaban íntimamente unidas al calendario: (Los) maestros que hay allí han tenido libros y cuadernos manuscritos de que se aprovechan para esta doctrina de trece dioses a quienes atribuyen varios efectos, así como para el régimen de su año... repartido en trece meses, y cada mes se atribuye a uno de los dichos dioses. (Gonzalo de Balsalobre, Relación Auténtica de las Idolatrías de los Indios del Obispado de Oaxaca)

Otra muestra de la dimensión calendárica de estas creencias es su mesianismo. Los prehispánicos creían que, a fin de civilizar al ser humano, Ometeotl se proyectó hacia la Tierra como Ketsalkoatl, la serpiente emplumada. Dicho nombre se refiere al retorno de los ciclos y de los profetas divinos, pues el movimiento sinuoso y los cascabeles anuales de la serpiente evocaban la naturaleza ondulatoria del tiempo. Con frecuencia, Ketsalkoatl era representado como una serpiente que muerde su cola, en alusión al principio cronológico. Se puede documentar la presencia del culto a esta deidad durante más de cuatro mil años de historia mesoamericana, siempre en asociación con determinado conjunto de símbolos calendáricos.

Otro título numérico de Ketsalkoatl era Nappateku’tli, cuatro veces señor, cuyo equivalente maya era Amaite Cawil, dios de las cuatro puntas u órdenes matemáticos. Para los mesoamericanos, el número cuatro indicaba énfasis y perfección, y estaba relacionado con el tiempo como cuarta dimensión del espacio. En ocasiones, Ketsalkoatl era pintado dentro de la cruz de los cuatro rumbos cardinales, que no sólo eran entendidos como un ámbito espacial, sino espacio-temporal, tal como vemos en otro de los títulos que le dieron: Nakshitl, cuarto paso de la serie.

Estos títulos de la Serpiente Emplumada tenían un gran sentido espiritual, ya que, dentro de las matemáticas toltecas, el cuatro representa al cuarto plano de la escala numérica o tercer orden de conversión vigesimal, con valor de 8000 (203), cuya expresión geométrica es el cubo. El jeroglífico de dicha cantidad era una cruz rodeada de cuatro puntos (desdoblamiento del cubo) llamada por los nawas Teokuitlatl, excremento divino, esto es, la síntesis de los extremos de la creación. En la actualidad, el Teokuitlatl es conocido con el nombre latino de Quincunce, quinario.

La cruz de Ketsalkoatl también era el glifo de Venus, el más reverenciado de los astros. Un signo alternativo para escribir el nombre de Venus era una concha cortada por la mitad. La misma concha representaba en matemáticas al cero, en calendárica expresaba la idea de un ciclo de tiempo transcurrido y en la teología era el signo de Miktlanteku’tli, el señor de los difuntos (es decir, la advocación infernal de Ketsalkoatl). Esta última asociación se debía al hecho de que el dios de los muertos representaba lo mismo que el cero: la ausencia total de movimiento. El mito contaba que, después de su muerte en una hoguera, Ketsalkoatl descendió al inframundo y fue sometido a una curiosa prueba: hacer resonar cuatro veces «una concha sin agujeros». En lenguaje figurado, esto significa que se le ordenó desarrollar las potencialidades creadoras del cero a través de los números o proporciones claves de la Naturaleza. De ahí que el nombre del vocero humano de Ketsalkoatl fuese Se Akatl, uno caña, cuya escritura ideográfica es una barra y un círculo, es decir, el diámetro en la esfera.

Con frecuencia, estos nombres numérico-calendáricos de la Divinidad adquirían funciones personales, aludiendo a diversos fenómenos de la Naturaleza o de la mente sobre los cuales regían. Tal circunstancia sirvió de pretexto a los advenedizos europeos para calificar a los mesoamericanos de politeístas.

En conclusión: al estudiar a Mesoamérica, no es posible desligar la cronología de las matemáticas, la magia, la astronomía y la religión, pues todas estas ciencias constituían aspectos correlativos del poder del número. No en balde, los encargados de estas materias eran conocidos por el nombre de Tonalpou’ke, calculadores. De ellos dijeron los sabios mexicas: Quienes calculan cómo cae un año, cómo sigue su camino la cuenta de los días, (cuándo) cae cada una de sus veintenas, a ellos les toca hablar de los dioses. (Informantes de Sahagún, Coloquio de los Doce)

UNA COSMOGONÍA DE MILLONES DE AÑOS

La teología matemática de Anawak fue el marco de una espectacular cosmogonía, que no vaciló en adentrarse en las profundidades de la historia de nuestro planeta en busca de las fuentes de la vida. No podemos calificar a esta visión de primitiva, porque se apoyaba en dos principios cardinales de la ciencia moderna: que todo efecto tiene una causa y que toda creación sigue un proceso evolutivo. Causalidad y evolución, conceptos que nuestra cultura ha derivado de una paciente observación de la Naturaleza, eran las piedras angulares del pensamiento tolteca. Ellos generaron una comprensión de la caducidad de todo cuanto existe, ley a la cual estaban sometidos incluso los dioses, tal como afirma un texto maya: Toda luna, todo año, todo día, todo viento, todo camina y pasa. También toda sangre (generación humana) llega al lugar de su reposo, como llegó a su poder y a su trono. Medido esta el tiempo en que podamos alabar la magnificencia de los Tres, y medido el que encontremos la protección del Sol. Porque tiene su fin el observar la trama de las estrellas, desde donde, custodiándonos, nos miran los dioses – los dioses que están aprisionados en (los ciclos de) las estrellas. (Chilam Balam de Chumayel)

¿Cuánto tiempo asignaron los toltecas a sus eras cosmogónicas? Ciertamente, no se contentaron con seis días. Para apreciar sus ideas a plenitud, es preciso referirlas a lo que creyeron al respecto otros grandes pueblos de la antigüedad. Por ejemplo, es sabido que los hebreos no iniciados en los secretos cabalistas tomaban como literal la historia bíblica de que el mundo fue creado en seis días, cuatro milenios antes de Cristo. Los griegos tenían ideas semejantes, aunque ya hacia el año 500 antes de Cristo, Jenófanes señaló que las huellas de los eventos geológicos, tal como se notan en los estratos de fósiles marinos en las montañas, requerían para su formación de decenas de miles de años. En el siglo XVIII, el naturalista francés Jorge Luís Buffon calculó que la Tierra tenía 80 mil años de antigüedad, lo cual ocasionó escándalo entre sus contemporáneos. Hoy sabemos que se quedó corto por cinco ceros. Otros pueblos fueron más observadores. Los babilonios tenían un período creativo de 360 mil años. Los textos hindúes hablan de 311 millones de años, más allá de los cuales, caen en el tiempo de los dioses.

Por su parte, los toltecas se atrevieron a desarrollar una cosmología tan extensa como la que calculamos en la actualidad. Veamos como ejemplo el siguiente texto maya: Uno, dos, tres, muchísimos, trece veces cuatrocientas infinidades (de años) antes de que despertara la Tierra, y fue creado un centro, el centro de la piedra (de fundación), en medio de la noche, allí donde no había cielo ni tierra. Y salió la primera palabra, donde antes no había palabras, se desprendió de la piedra y cayó en el Tiempo, y comenzó a proclamar su divinidad. Y se estremeció al oírla la inmensidad de lo Eterno. (Chilam Balam de Chumayel, Libro de los Espíritus)

La expresión «5 200 infinidades» implica una cantidad del orden de los dos mil millones de años, equivalente al período biológico de la tierra. En otro fragmento, refiriéndose a las generaciones de seres animados que vivieron en el pasado, el mismo texto da una fecha que, desde el punto de vista de la geología, es muy exacta: ... Trece veces cuatrocientos millares, más quince por cuatrocientas veces cuatrocientos centenares, años de años vivieron los brujos del agua. Y he aquí que se fueron, y tras ellos se fueron sus generaciones en gran número. (Chumayel, Kahlay de la Conquista)

Esta cronología fue cincelada en las piedras. Por ejemplo, la estela C de Copán registra un evento ocurrido dos millones de años antes de su dedicación; la estela 10 de Tikal contiene una fecha escrita con nueve cifras mayas, que hacen un total de 68 116 000 años; la estela F de Quiriguá habla de más de 90 millones de años de historia, mientras que la D, en la misma localidad, relata acontecimientos ocurridos 400 millones de años después de cierto punto inicial cuya naturaleza no ha sido definida. Como afirman dos investigadores, No es empresa fácil hacer un cálculo matemático que lleve a la cifra de 400 millones de años. Para expresar cantidades como estas se requiere un dominio avanzado de la aritmética, y ninguna de las culturas anteriores o contemporáneas de los mayas puede compararse con ellos en este terreno. (H. García y N. Herrera, Los señores del Tiempo)

Dichas estelas no sólo dan testimonio de la capacidad indígena para conceptuar y representar extensiones enormes de tiempo, sino de la facultad que tenía su calendario para poner esas extensiones en función de la historia; es decir, de la presencia de un sentido de la continuidad de los fenómenos terrestres, incluyendo los culturales, cuya profundidad nos sorprende, porque nuestra cultura aún no lo posee.

¿QUÉ SENTIDO TIENE ESTUDIAR ESTE CALENDARIO?

Una vez dominada la estructura y representación de los grandes números, los antiguos mexicanos aplicaron toda su energía a la medida del tiempo, o más bien, de sus manifestaciones evidentes: los ciclos de los astros y los ritmos biológicos y sociales. El resultado más notable de este esfuerzo fue el calendario.

Pero, ¿qué utilidad puede tener para nosotros el estudio de un calendario que fue silenciado hace cinco siglos? Mucha, si se logra demostrar que era superior al nuestro. Desde el primer momento de la invasión española, algunos cronistas comprendieron que estaban suprimiendo un elevado sistema de pensamiento y trataron de dejar testimonio de las cosas que vieron. Aquí surgió el primer dilema, pues, al describir una cosmovisión diferente de la que ellos mismos tenían, se vieron forzados a reinterpretar los hechos; si bien salvaron muchos datos auténticos, también introdujeron especulaciones que no reflejaban la realidad. Posteriormente, grandes personalidades del humanismo novohispánico trataron de penetrar en los arcanos toltecas, pero, por falta de documentación, su éxito fue mediocre.

En la actualidad, muchos autores se han referido a estas cuentas con fines de divulgación o de investigación seria. Casi todos coinciden en expresar una admiración que se despierta desde la primera mirada al interior de su mecanismo. Intuitivamente, se percibe aquí la existencia de soluciones magistrales al problema de la medición del tiempo.

La posibilidad de beber en la experiencia tolteca se hace aún más interesante para nosotros, debido a las imperfecciones de nuestro calendario. A pesar de que los astrónomos de hoy son capaces de ajustar el año en un segundo, continuamos arrastrando barbaridades como unos meses disparejos, que no son múltiplos de la semana ni del año y que no reflejan nuestra numeración decimal, bisiestos forzados, desconocimiento práctico de los mínimos comunes de las órbitas planetarias, y errores ocultos o saltos en el mecanismo (por ejemplo, el año cero omitido por error a partir de Cristo o los diez días censurados por Gregorio XIII).

En los calendarios eurasiáticos los años se acumulan uno sobre otro sin más cambio que un salto en el consecutivo numérico. Basados en una estructura tan simple, no tenemos idea de las sintonizaciones que se pueden establecer entre los eventos humanos y cósmicos. Tener cincuenta años significa que hemos sido testigos de otras tantas vueltas de la Tierra en torno al Sol, pero, ¿cuántos ciclos de gestación humana contiene ese tiempo? ¿Cuántos años de Venus o de Júpiter?

¿Cuándo se conjugarán de nuevo los campos planetarios que nos vieron nacer? No sabemos. Nuestra percepción del tiempo como un organismo en evolución ha quedado limitada a las oscuras alusiones bíblicas sobre ciertas «señales del fin del siglo», y a la superstición que nos hace ver en los años de tres ceros un preludio del Armagedón.

En el calendario prehispánico, la renuncia a contar las edades en forma lineal produjo una dinámica de relaciones interactivas. Este sistema se comporta como un ser vivo: cada una de sus partes depende de las demás; su lógica es perfecta; sus ciclos se proyectan indefinidamente, tanto hacia lo muy grande como hacia lo muy pequeño, sin que por ello el modelo pierda organicidad, porque tiene estructura fractal; todos sus números son resonantes y holográficos, es decir, se reflejan unos en otros y una muestra del modelo contiene la totalidad.

Además, este no es un calendario específicamente terrestre. Su principio se puede aplicar a la medida del tiempo en cualquier rincón del Universo, porque su esencia es la triangulación de la fecha mediante la correlación de varias ruedas paralelas de símbolos, que, a su vez, están basadas en fenómenos naturales. Y esto comienza a ser atractivo para nosotros. ¿Quizás en un futuro lejano emplearán nuestros astronautas almanaques semejantes a los del antiguo México? He ahí un buen motivo para interesarnos por estas antigüedades.

Otro motivo para rescatar este calendario tiene que ver con su carácter. Contrario a lo que opinan algunos investigadores, no fue diseñado por imperativos económicos (¡ningún agricultor necesita exactitudes de cuatro decimales para cultivar maíz!), sino como respuesta a un desafío del espíritu. La mentalidad tolteca estaba firmemente orientada a lo sagrado. El calendario mesoamericano nos enfrenta a una lógica no menos rigurosa que la nuestra, pero más holística, pues involucra aspectos de la percepción que nuestra edad post-industrial desconoce. Su verdadera función no discurre en el tiempo exterior, sino en un plano interno, y tiene efectos profundos en nuestra visión del mundo.

Finalmente, un poderoso factor en favor del estudio y el rescate de este modelo del pensamiento indígena, es el simbólico. El investigador Raúl González lo expresa del siguiente modo: Los chinos son trece veces más numerosos que los mexicanos y se han puesto de acuerdo en una fecha única; lo mismo sucede con los árabes y los judíos. Esto es así, porque ellos ven sus respectivos calendarios desde una óptica vivencial. ¿Por qué nosotros no? No podemos minimizar las implicaciones sociales que tendría el uso de un calendario mexicano consensuado. (Conferencia impartida el 21 de Julio del 2000, en el Encuentro Calendárico de Casa Meshico)

Es cierto. La forma de contar el tiempo constituye, como ningún otro producto cultural, el sello de un estilo de vida. Calendario y civilización van de la mano. Por eso los grandes sistemas religiosos del mundo orientan sus fechas a partir de sus respectivos profetas. En este momento, en que los valores de Occidente parecen llegar a un punto de agotamiento, una de las instituciones más afectadas es la cuenta del tiempo. Así, desde hace cuatro siglos, han surgido diversas fórmulas cuya búsqueda confesa es solucionar las irregularidades del calendario cristiano, pero que, en el fondo, lo que pretenden es adelantarse a un inevitable colapso social.

Para los amantes de la tradición indoamericana, la solución está en asimilar la herencia ancestral, reivindicando los aspectos útiles de aquella antigua sabiduría. Aquí surge un dilema, pues, para poder entender el pensamiento de Anawak, es básico reconstruir sus símbolos, y el más completo inventario de esos símbolos es el calendario. Pero su mecanismo aún no ha sido descifrado. En consecuencia, los amantes de la tradición carecemos de algo tan elemental como un acuerdo sobre el nombre del día en que estamos viviendo.

Recuperar la cuenta tolteca del tiempo es asunto de máxima importancia para encontrar una sintaxis común. Con todas sus bellezas y profundidades, este calendario es una bandera insustituible de identidad. Es por ello que hacen falta estudios que definan científicamente su funcionamiento.